Por: Roberto Méndez, Periodista UAGRM / ANPB
Errores que se viralizan en segundos, Inteligencia Artificial descontrolada, Tiktokers e Influencers que ganan terreno y que a su vez se ven envueltos en narcotráfico o acoso, frente a un periodismo en crisis de valores, fueron temas abordados en el XII Ciclo de Estudios Especializados de la Comunicación, Ética, Poder; evento académico de relieve nacional e internacional organizado por la Asociación Boliviana de Investigadores de la Comunicación (ABOIC) en alianza con la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia (ANPB), realizado en Tarija del 22 al 24 de septiembre.
Es que la digitalización ha traído problemas complejos. Antes si un periódico se equivocaba, el error duraba 24 horas porque se pedía disculpas al día siguiente o el papel se envolvía para el mercado y todo moría ahí sin mucho impacto, pero hoy ese error se sube a las redes y la gente lo comparte 10 mil veces en 5 minutos, encima lo comenta un influencer que no terminó el colegio, lo amplifica un político, lo llora alguien en WhatsApp y queda para siempre indexado en Google como verdad. Y el error ya no es error. Es sentencia parecida a la muerte civil.
A ese tema de la viralidad se le suma la Inteligencia Artificial (IA) a la que se ha referido El Papa Francisco — y ahora León XIV — cuando dijo de manera muy clara: la Inteligencia Artificial nos está deshumanizando, afirmando que no es solo una herramienta. Es una máquina que puede activarse de manera independiente, que aprende a mentir mejor que nosotros, que crea rostros, voces y noticias que nunca existieron.
En la encíclica «Magnifica Humanitas» presentado en mayo de 2026, el Papa pidió «desarmar» la IA para evitar que los algoritmos dominen a la humanidad y criticó la concentración del poder tecnológico en pocas manos, eso a propósito de varios ejemplos en los que la IA actuó de forma autónoma sin recibir ninguna orden humana.
¿Y qué hacemos nosotros? Le ponemos filtro, le pedimos que nos haga la tesis, que nos escriba la nota, que nos invente la fuente. Le estamos entregando el alma a un algoritmo que no tiene alma.
El escritor peruano Mario Vargas Llosa dijo que vivimos en la llamada “civilización del espectáculo”, pero ahora los expertos la llaman “modernidad líquida”, donde nadie cree en nada, en los políticos, las instituciones, las personas, todo se derrite: el dato, la fuente, el compromiso. Nada es sólido.
Frente a eso está el llamado periodista que así se autodenomina con un celular en la mano para transformarse mañana en un tiktoker bailando por un like. Y llegamos a la tiranía más cruel de todas: la tiranía del like. El like dicta qué es noticia. Si no tiene likes, no existe. Si no es viral, no es importante, por eso dejamos que rompan el tipoi cruceño o nos tomamos fotos con la hermana de Marset.
Y el periodista serio que investigó tres meses una corrupción en una alcaldía tiene 50 likes. El tiktoker que se cae de una silla gritando «¡Noticia de último momento!» tiene 2 millones. Hemos cambiado la libreta por el “ring light” o aro de luz; La verificación por el trend o tendencia, La verdad por el “engagement” o nivel de conexión emocional que una audiencia tiene con una marca, producto o contenido en los medios digitales.
Y ahí es donde el periodismo debe volver a ser lo que siempre fue: la piedra en el zapato del poder. No el animador del poder. No el vocero del alcalde. No el amigo del ministro. La piedra. Esa que molesta. Esa que incomoda. Esa que no deja caminar tranquilo al que miente.
Y el desafío que nos planteamos en estos tiempos digitales es entender que la IA no es enemiga, pero tampoco es colega. Es una herramienta. Se puede usar para transcribir, para buscar datos, para traducir. Pero la pregunta, la duda, la sospecha, la calle, la fuente humana que te dice «apaga eso y te cuento la verdad»… eso no lo hace una IA. Eso lo hace un periodista de carne y hueso.

