¿Estamos criando hijos con criterio propio o niños que aprendan a seguir a la mayoría?

Katia Aguilar Orellana

Por Katia Aguilar Orellana

Hay preguntas que, como padres, deberíamos hacernos antes de decirles que sí a nuestros hijos: ¿Por qué quiero que participe en esto? ¿Qué le estoy enseñando? ¿Estoy tomando una decisión consciente o simplemente estoy permitiendo que haga lo mismo que hacen todos los demás?

Hoy quiero reflexionar sobre una celebración que cada año gana más espacio entre nuestros niños: Halloween.

Mi reflexión nace también desde la maternidad. Mi hija tiene seis años y ha llegado el momento en que ya no solo observa lo que sucede a su alrededor, sino que comienza a pedirlo, a desearlo y a insistir en participar. Y debo reconocer que, como madre, me cuesta explicarle por qué hay cosas que otros niños hacen y que yo, por convicción, no deseo permitirle.

Pero precisamente ahí comienza nuestra responsabilidad: educar no es decirles que sí a todo para evitarles una frustración; educar es acompañarlos a comprender que no todo lo que desean, todo lo que ven o todo lo que hace la mayoría necesariamente es bueno para ellos.

Vivimos en una sociedad donde muchas veces confundimos inclusión con obligación, diversión con inocencia y libertad con ausencia de límites. Si todos los compañeros van a una fiesta, sentimos que nuestro hijo también debe ir. Si todos se disfrazan, queremos evitar que el nuestro se sienta diferente. Si los demás padres lo permiten, comenzamos a cuestionar nuestras propias convicciones.

Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿estamos educando a nuestros hijos para que tengan criterio propio o para que aprendan, desde pequeños, a seguir al grupo por miedo a quedarse fuera?

No escribo estas líneas para juzgar a las familias que celebran Halloween. Cada hogar tiene sus propias creencias y merece respeto. Tampoco pretendo afirmar que todos los niños que participan en esta celebración desarrollarán conductas negativas. Mi preocupación va más allá de una fiesta: tiene que ver con los valores que transmitimos, con los mensajes que normalizamos y con nuestra responsabilidad de decidir conscientemente qué lugar queremos darles en la formación de nuestros hijos.

Para muchas familias, Halloween es simplemente una actividad recreativa, una oportunidad para disfrazarse, compartir dulces y divertirse. Para otras, entre las que me encuentro, su simbología, su asociación con lo oscuro y sus connotaciones espirituales entran en conflicto con nuestras convicciones cristianas.

Y ambas realidades nos obligan a reflexionar sobre algo fundamental: los padres tenemos derecho a educar a nuestros hijos de acuerdo con nuestros principios, sin que el entorno nos haga sentir culpables por hacerlo.

El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué hacemos las cosas. Cuando aceptamos una tradición únicamente porque se ha vuelto popular. Cuando permitimos que la presión social tenga más peso que nuestras propias convicciones. Cuando preferimos ceder antes que sentarnos con nuestros hijos a explicarles, con paciencia y amor, por qué en nuestra familia tomamos determinadas decisiones.

Porque sí, explicar cuesta. Es mucho más fácil decir que sí, comprar un disfraz y evitar una discusión que sentarnos frente a un niño de seis años e intentar que comprenda algo que todavía está aprendiendo: que no siempre podrá hacer lo mismo que sus amigos y que eso no significa que sea menos querido, menos aceptado o menos feliz.

Sin embargo, nuestros hijos necesitan aprender desde pequeños que una negativa no es necesariamente un castigo, que los límites también son una forma de amor y que tener convicciones implica, en ocasiones, caminar en dirección contraria a la mayoría.

Y aquí es donde considero que los padres debemos apoyarnos mutuamente.

No se trata de imponer nuestras creencias a otras familias ni de exigir que todos eduquen de la misma manera. Se trata de dejar de presionar, directa o indirectamente, a quienes deciden actuar de forma diferente. Se trata de comprender que un niño no debería ser motivo de burla, exclusión o señalamiento por no asistir a una fiesta, no llevar un disfraz o no participar de una tradición.

¿Qué pasaría si, en lugar de cuestionar a los padres que ponen límites, aprendiéramos a respetarlos? ¿Y si enseñáramos a nuestros hijos que la amistad no depende de asistir a todas las celebraciones ni de compartir todas las costumbres? ¿Y si como comunidad dejáramos de convertir cada moda en una obligación social?

Tal vez ayudaríamos a formar niños más seguros, capaces de expresar sus convicciones, respetar las diferencias y tomar decisiones sin necesitar la aprobación constante de los demás.

Como madre, no quiero criar a una hija que obedezca ciegamente todo lo que yo diga. Quiero que aprenda a pensar, a preguntar, a analizar y a comprender sus propias decisiones. Pero tampoco quiero criarla creyendo que todo lo que desea debe concedérsele o que todo lo que el mundo le ofrece merece un lugar en su vida.

Quiero enseñarle que la libertad también exige discernimiento; que no todo lo popular es necesariamente valioso y que no todo lo que parece inofensivo tiene que ser compatible con nuestras creencias. Y quiero hacerlo desde el diálogo, el ejemplo y el amor, no desde el miedo ni la imposición.

Si nuestra fe nos enseña a cuidar lo que alimenta nuestro corazón y nuestra mente, también nos corresponde vivir esa convicción en las pequeñas decisiones cotidianas. No basta con hablarles de valores si, cuando llega el momento de ponerlos en práctica, los abandonamos por temor a que nuestros hijos se sientan diferentes.

No podemos pedirles que tengan convicciones cuando nosotros mismos renunciamos a las nuestras por encajar.

Quizás Halloween sea, para muchos, una celebración sin mayor trascendencia. Pero para mí, esta reflexión no termina el 31 de octubre. Habla de todas esas ocasiones en las que, como padres, tendremos que decidir si seguimos la corriente o nos detenemos a pensar qué queremos enseñar.

Porque mañana no será solamente una fiesta. Serán otras modas, otras presiones, otras decisiones y otros grupos intentando marcar el camino de nuestros hijos.

Y para entonces, ojalá hayamos sembrado en ellos algo más fuerte que el deseo de pertenecer: la capacidad de discernir, la seguridad de decir que no cuando sea necesario y el valor de mantenerse firmes en aquello que consideran correcto.

No criemos hijos que sigan a la multitud por temor a quedarse solos. Criemos hijos que sepan respetar a los demás sin renunciar a sus principios.

No se trata de criar niños aislados del mundo, sino niños preparados para vivir en él sin dejarse arrastrar por todo lo que encuentren a su paso.

Porque la verdadera responsabilidad de los padres no es lograr que nuestros hijos hagan todo lo que hacen los demás, sino darles las herramientas para que algún día puedan decidir por sí mismos, con conciencia, valores y convicción.

Y tal vez la pregunta más importante que debemos hacernos no sea si nuestros hijos pueden ir a una fiesta de Halloween, sino esta: cuando llegue el momento de tomar decisiones más grandes, ¿habremos aprendido a enseñarles a pensar o solamente les habremos enseñado a seguir?

La respuesta comienza hoy, en casa, con nosotros.

“No estoy criando a mi hija para que siga a la mayoría, sino para que aprenda a discernir.”

Aprendí que educar también es enseñar a decir no, incluso cuando todos dicen sí.