
Los he visto llegar con humildad. Los he visto escuchar, preguntar y agradecer. Los he visto, también, cambiar.

*Germán Antelo Vaca l Profesional médico, neurocirujano
En más de 40 años de vida profesional y pública he sido testigo de cómo el poder transforma a muchos de quienes lo asumen. Gente sencilla que, con los años en el cargo, dejó de escuchar y terminó rodeada solo de quienes le daban la razón. El pueblo lo dice con sabiduría: «se le subieron los humos», «se mareó con el poder». La ciencia lo llama síndrome de hibris.
¿Qué es?
En 2009, el neurólogo y excanciller británico David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson estudiaron a los gobernantes de Estados Unidos y del Reino Unido de los últimos 100 años. Concluyeron que el ejercicio prolongado del poder puede cambiar la personalidad de alguien que antes era equilibrado. Describieron 14 rasgos; bastan tres para sospecharlo, si uno de ellos es de los más característicos.
Quien lo padece se cree infalible y nunca reconoce un error; desprecia el consejo y aparta a quien le advierte; se confunde con la institución y habla de sí mismo en tercera persona; se siente el único capaz de salvarnos y cree que solo rinde cuentas a la Historia o a Dios. Vive para la imagen, se aísla entre aduladores y actúa por impulso, sin plan ni costos.
Aún no figura como enfermedad oficial: es una propuesta científica en debate, útil para reconocer un patrón peligroso, no para insultar al adversario.
¿Cuándo se produce?
No se nace con él: aparece después de llegar al poder y suele atenuarse cuando el poder se pierde. El riesgo crece con mucho poder concentrado, mucho tiempo en el cargo, pocos controles y una corte de aduladores.
Un experimento canadiense de 2014 mostró que, al sentirse poderosas, las personas activan menos las neuronas espejo, el mecanismo cerebral que nos permite ponernos en el lugar del otro. Como neurocirujano sé que el cerebro se moldea con lo que se repite: años de aplausos sin contradicción entrenan para dejar de ver al otro.
¿Qué consecuencias trae?
Lo pagamos todos: decisiones sin evidencia, obras para la foto, deudas que heredan nuestros hijos, instituciones sometidas, persecución a la crítica y afán de perpetuarse.
En salud, la soberbia se paga con vidas. Un hospital inaugurado sin especialistas, sin insumos y sin presupuesto para funcionar no es un servicio: es un monumento a la vanidad.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos?
El culto a la persona también lo fabricamos nosotros, con el aplauso fácil y el silencio cómodo. Antes de votar, preguntémonos si el candidato acepta críticas, si se presenta como salvador, si escucha a su equipo técnico y si rinde cuentas con datos. Durante la gestión: no endiosar a nadie, defender la prensa libre, fortalecer a los colegios profesionales, las universidades, las juntas vecinales y la sociedad civil organizada, exigir metas medibles y rechazar la reelección indefinida.
Consejos para quien asume el poder
El cargo es prestado: tiene fecha de fin, y el cargo no es usted. Busque a quien le diga «no» y agradézcale las malas noticias. Desconfíe del aplauso unánime: si nadie le discute, es que dejaron de decirle la verdad.
Decida con datos y con expertos. Salga del despacho y escuche al ciudadano sin intermediarios. Conserve su vida fuera del cargo: familia, amigos y oficio son su ancla. Reconozca sus errores en público. Y prepare su salida desde el primer día.
El poder repartido enferma menos
Lord Acton advirtió que el poder tiende a corromper. La mejor prevención no es un medicamento: es repartir el poder. La autonomía y la descentralización acercan las decisiones a la gente, y quien gobierna cerca de la gente está obligado a seguir escuchándola.
Elegimos personas, no salvadores. Que sigan siendo personas mientras ejercen el poder también depende de nosotros.
* Profesional médico, neurocirujano, líder cívico y autonomista. Ex Senador de la República de Bolivia. Ex candidato a Gobernador de Santa Cruz. Secretario de Salud del Gobierno Autónomo Departamental de Santa Cruz
