Santa Cruz de la Sierra, esa tierra que nos vio nacer o acoger, hoy se siente menos como un hogar y más como un remiendo sin fin: un «parche» donde todo se arregla a medias, donde nada se planea y todo se resuelve al momento, según lo que convenga a unos pocos. Y en medio de este caos, se ha convertido también en la ciudad del TikTok: donde la imagen vale más que la realidad, donde la voz que más se escucha no es la que sabe, sino la que acumula más «me gusta».
Por: Arq. Jorge Guido Landívar Vargas
No porque sea una ciudad moderna, innovadora o ejemplo de transformación urbana, sino porque aquí todo parece resolverse con un parche y todo parece discutirse en un video de un minuto.
Basta caminar unas cuadras para entender el problema. Calles convertidas en un campo minado de baches que se tapan una y otra vez sin solucionar el origen del deterioro, la falta de mantenimiento es una constante. Aceras destruidas o inexistentes, donde el peatón parece ser el último en la lista de prioridades. El espacio público invadido por quien tenga la suficiente audacia para apropiárselo. Una ciudad donde el mercado dejó de ser un lugar específico para convertirse en toda la ciudad. El desorden dejó de ser la excepción para convertirse en la norma.
El espacio público dejó de ser de todos hace mucho tiempo: cada quien toma lo que quiere, lo cercena, lo usa a su antojo sin que nadie le diga nada. La ciudad entera parece un mercado desordenado donde todo se vende, todo se negocia y nada respeta reglas. No hay orden, no hay planificación: cada cual hace lo que se le ocurre, como si el bien común fuera un sueño lejano.
No existe planificación que resista semejante improvisación. Tampoco instituciones fuertes que hagan respetar las reglas. Muchas de ellas han terminado subordinadas al gobierno de turno, administradas con criterios políticos antes que técnicos. La mediocridad se ha instalado en demasiados espacios donde debería prevalecer la capacidad, la experiencia y el compromiso con el bien común.
Las instituciones, que deberían ser el pilar de la convivencia, parecen regalos que se entregan al gobierno de turno. La mediocridad se instaló en todos los niveles: se premia la obediencia antes que la capacidad, el discurso bonito antes que la obra hecha. Y ahí aparecen los protagonistas de esta nueva escena: cientos de creadores de contenido que, en su gran mayoría sin formación ni preparación, opinan de todo, juzgan de todo y levantan banderas solo porque eso les da seguidores. Y lo más absurdo: algunos de ellos ya sueñan con ser concejales, alcaldes o autoridades, apoyados solo por la popularidad de una pantalla, sin tener ni la más mínima idea de cómo funciona una ciudad, ni de lo que cuesta gestionar el bienestar de miles de personas.
Con honrosas excepciones, muchos descubren que denunciar, exagerar o escandalizar genera miles de «me gusta», seguidores y notoriedad. El conocimiento, el estudio y la preparación parecen haber dejado de ser requisitos para opinar sobre el futuro de una ciudad tan compleja. Lo importante es el algoritmo. Lo importante es viralizarse. Lo importante es el espectáculo.
Vivimos en un absurdo permanente. Un lugar donde pareciera que no existe una cabeza capaz de conducir con visión de largo plazo. Donde se administra la coyuntura y se abandona el futuro. Donde el liderazgo se confunde con discursos bien pronunciados que generar seguidores o clareadores.
Ya tuvimos un ex presidente recientemente con ciertas características que supo manejar las redes del momento porque aún no existía el tik tok, impecable en las formas, extraordinario para hablar, capaz de convencer a millones con una facilidad admirable y junto a él, el hombre pobre, humillado, discriminado, fruto de la falta de estrategias de gobiernos anteriores que no fueron capaces de incluir a todos. Sin embargo, detrás de aquella imagen pulcra se escondieron enormes negociados y una estructura de poder que terminó causando un profundo daño al país. La buena oratoria nunca puede reemplazar a la honestidad, ni el carisma a la gestión.
Esta ciudad necesita gente que la quiera de verdad, no que diga que la quiere en un discurso bien ensayado. Necesitamos hombres y mujeres que no lleguen a las instituciones apoyados solo por quienes buscan tener a alguien a quien manejar; personas que, una vez en el cargo, no se limiten a obedecer a sus mandantes, sino que sirvan a todos los cruceños. Hoy, quien dice la verdad es cuestionado, atacado o silenciado porque no responde a intereses particulares. Se ha normalizado el grito de guerra: ¡que viva el desorden! ¡que viva el chantaje! ¡que viva el parche y el TikTok!
Lo más preocupante es que quien dice la verdad suele convertirse en el incómodo. Se cuestiona al que denuncia, se desacredita al que critica y se intenta silenciar a quien no responde a intereses particulares. Pareciera que el problema no es el desorden, sino quien se atreve a señalarlo.
Entonces, que viva el parche.
Que viva el TikTok.
Que viva el chantaje.
Que viva el desorden.
Porque eso parece premiar nuestra sociedad: la improvisación antes que la planificación, el espectáculo antes que el trabajo serio y la popularidad antes que la capacidad.
Pero el tiempo pasa.
Y Bolivia continúa atrapada en demasiadas mentiras, en interminables filas, en instituciones debilitadas y en una educación que, por decisiones de quienes administran el poder, no siempre ha logrado formar ciudadanos críticos, informados y exigentes. Un pueblo con menos herramientas para cuestionar es también un pueblo más fácil de manipular.
Es un país que, muchas veces, parece avanzar sin rumbo.
Necesita un verdadero sacudón.
No uno basado en la rabia o en la confrontación estéril, sino en la conciencia ciudadana. En la decisión colectiva de dejar de mirar únicamente nuestra propia vereda y comenzar a preocuparnos por la ciudad completa. Porque una ciudad no cambia cuando cambian los discursos; cambia cuando cambian las prioridades, las instituciones y la actitud de quienes la habitan.
Quizás haya llegado la hora de detenernos un momento, pensar con seriedad y preguntarnos qué ciudad queremos dejar a las próximas generaciones.
Porque Santa Cruz merece mucho más que parches.
Y merece mucho más que TikTok. Ver menos

