En la historia de Santa Cruz, pocas obras tuvieron tanta carga simbólica como la carretera al Norte. Más allá de ser una vía de conexión, representó durante décadas una promesa de progreso. Desde los años 1950, impulsada por el Plan Bohan y la cooperación estadounidense, esta carretera se convirtió en una arteria vital para una región que buscaba salir del aislamiento.
*Por Rony Pedro Colanzi – Médico y escritor.

Gracias a ella y a la visión estratégica de sus habitantes, surgieron proyectos emblemáticos como el complejo sucro-alcoholero Guabirá, orgullo productivo de Bolivia; se desarrollaron programas de mejoramiento ganadero en la llanura chaqueña; y se fundaron instituciones educativas pioneras como Muyurina, donde se formaron generaciones de emprendedores rurales.
El Norte cruceño dejó de ser un punto cardinal para convertirse en una metáfora del futuro: un símbolo de trabajo, transformación y esperanza. La pregunta es inevitable: ¿cuál es hoy nuestro Norte? ¿Hacia dónde apuntamos como región y como país?
Santa Cruz ha sido motor de crecimiento económico nacional, pero en un mundo marcado por el cambio climático, la automatización y la transición energética, el desafío ya no es solo producir más, sino producir mejor. El Norte de nuestra economía debe ser la diversificación inteligente, la industria con valor agregado, y la apuesta por una agricultura sostenible y tecnológica, sin olvidar la justicia social ni el respeto a los pueblos indígenas y al medio ambiente.
Así como Muyurina fue pionera en su tiempo, hoy necesitamos nuevos centros de excelencia educativa. Bolivia requiere formar técnicos, científicos, programadores y bioingenieros. El Norte educativo debe orientarse a la inteligencia artificial, la biotecnología, la robótica agrícola, las energías limpias, y a una ciudadanía crítica que entienda el mundo global. Sin educación de calidad, no hay Norte que valga.
El progreso material no puede construirse sobre instituciones débiles. Bolivia atraviesa una profunda crisis de confianza, justicia y gobernabilidad. El verdadero Norte debe ser la ética pública, el respeto a la ley, el mérito, la eficiencia, y una cultura ciudadana que no tolere la corrupción ni la mediocridad. Volver a confiar en las reglas, en la palabra dada, en el bien común, es tan urgente como construir carreteras.
Santa Cruz creció gracias a su espíritu integrador. Fue refugio de migrantes del altiplano, del Chaco, de Europa, de Asia. Esa diversidad es riqueza. El Norte cultural no puede ser la exclusión ni el desprecio, sino la convivencia respetuosa, el diálogo intercultural, la promoción de la identidad y la creatividad, en un marco de libertad y tolerancia. Un Norte que no divida, sino que una.
Hoy, el Norte que necesitamos no está en el mapa. Está en nuestra visión de país.
En 1950, era una carretera. En 2025, debe ser una ruta ética, científica, productiva y humana. Porque si no sabemos hacia dónde vamos, cualquier camino será confusión. Y Bolivia no puede darse el lujo de seguir perdida.
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